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domingo, 30 de diciembre de 2012
martes, 27 de noviembre de 2012
Mañana de invierno, brisa en verano
Suicidio. Volvía a pensar en el suicidio.
Dio un nuevo trago a la botella de ginebra y dejó vagar su mente por los recuerdos más dolorosos de su historia. La besó. La besó tantas veces como latidos compartieron. Pasó sus manos por su bonita piel, tan blanca como una mañana de invierno, tan suave como la brisa en verano. Pasó sus manos por su cintura, su espalda, sus pechos. Y la besó. La besó como si no hubiese mañana... ni tarde, ni crepúsculo. Recordó su risa, como una campanilla; recordó sus pecas, como pequeñas estrellas de universos desconocidos; recordó sus ojos, como profundos pozos de secretos no revelados. Y recordó cómo era besarla. Y la recordó. Dio un nuevo trago a la botella. Y otro. Y otro. Dejó que el alcohol se mezclase con su profundo dolor y que, entre ambos, lo fuesen envenenando con el deseo de desaparecer. Con el deseo de la muerte, el fin. Lincoln Walsh deseaba morir. Lincoln Walsh volvía a pensar en el suicidio. Rosemary se había ido y él se estaba dejando llevar; había comenzado el principio del fin. Su fin.
lunes, 26 de noviembre de 2012
Nunca lo olvides, Lincoln
[...] Lincoln, tranquilo. Aunque ahora las cosas no parecen muy esperanzadoras, superaremos esto. Somos tú y yo. Somos nuestra isla. Y, como siempre te he susurrado, en nuestra isla ellos no existen. Lincoln, no llores, no llores. Estoy aquí. Todo saldrá bien. Ya hemos estado peor y hemos podido con ello. Lo volveremos a hacer, podremos con esto. Podremos, juntos. Yo soy fuerte, ya lo sabes. Soy una luchadora. Como te dije a los pocos días de conocernos, yo soy un fénix. No llores, por favor, todo saldrá bien. Pronto resurgiré de mis cenizas. Pronto. No te preocupes. Estamos juntos, siempre estaremos juntos. Te quiero más de lo que nunca he querido a nadie y siempre estaré a tu lado. Siempre te querré. Lincoln, no llores, pronto recuperaré mi energía y podremos volver a estar bien. Tranquilo, Lincoln, todo saldrá bien.
Nunca olvides que te amo con todo mi corazón,
Rosemary
Con manos temblorosas, Lincoln Walsh sostuvo la carta de Rosemary y la besó. Mientras cerraba los ojos y las lágrimas se deslizaban por sus ojeras y por sus mejillas, besó la carta que Rosemary le había escrito antes de morir.
viernes, 16 de noviembre de 2012
Capítulo tres sin terminar
CAPÍTULO 3: (DON’T FEAR) THE REAPER
All our times have come,
here but now they're gone.
Seasons don't fear the Reaper,
nor do the wind, the sun or the rain.
So come on baby, (Don't Fear) The Reaper.
Lincoln no estaba preparado para eso, no debió de haber sobrevivido a aquello.
Todavía con los ojos a cuadros y el rostro desencajado, vio como Pete se lanzaba contra Nick de nuevo. Pero lo peor llegó después. Y fue peor, mucho peor. Con unos movimientos rápidos y certeros, Nick evitó el golpe de su atacante y, a su vez, le propinó uno con tanta fuerza que lo dejó en el suelo. Lincoln Walsh juraría que escuchó un “crack” cuando el chico cayó de espaldas. No volvería a levantarse. Apenas había tirado al chico, Nick dirigió la mirada hacia Charlie y abrió la boca como un depredador, gotitas de sangre danzaron a su alrededor. Mientras Lincoln se agachaba junto a Pete, escuchó como las chicas se alejaban corriendo entre gritos y como tanto Charlie como Nick caía al suelo y rodaban barranco abajo.
- ¡Pete! Pete, ¿estás bien? ¿Me oyes? ¡Dime algo, venga chico! – Lincoln tuvo que hacer serios esfuerzos para contener las náuseas mientras la vida del pequeño Peter se le resbalaba entre las manos. – Quédate conmigo.
Aquello no podía estar pasando. Peter se vio borroso a través de las lágrimas que derramaban sus ojos. Peter se oía lejano, mientras los gritos lo inundaban todo. Lincoln se sentía completamente perdido.
Peter lo miró con tanta intensidad que Lincoln Walsh notó como su alma se quedaba desnuda y su fuerza desaparecía. La mirada del chico estaba llena de temor y su carita estaba tan blanca… Lincoln se sentía mareado.
- Lin-Lincoln… tengo miedo – pese a que Lincoln le agarraba la mano con fuerza, como si con ese gesto pudiese darle toda la fuerza que él mismo tenía, lo único que le devolvía la fuerza era la mirada de Pete. – Lincoln… él mató a Marjorie.
El cuerpo de Pete, entre sus brazos, comenzó a temblar. O eran sus brazos los que temblaban. No lo tenía claro.Marjorie…. Lincoln se tragó las lágrimas como si fuesen un whisky solo y le ofreció toda su entereza. Por eso Pete estaba furioso, Nick había matado a su hermanita.
- Tranquilo, Pete. Todo se va a solucionar – Lincoln era consciente de que lo que decía era mentira, al igual que Pete. – Todo saldrá bien.
- Todo saldrá bien…. – Pete repetía la mentira de Lincoln mientras los ojos se le iban cerrando, se estaba muriendo.
Los últimos momentos de la vida de Peter duraron una eternidad para Lincoln. Como en una mal sueño observó cada pestañeo del chico, temiendo que fuese el último. La imagen que le perseguiría toda la vida estaba llena de momentos borrosos y momentos nítidos, cuando las lágrimas se agolpaban en sus ojos y cuando resbalaban por su mejillas. Un abanico de sensaciones pasearon por su mente. Lincoln Walsh se sintió profundamente cansado, mareado y furioso. Lincoln Walsh notó como el terror más profundo llenaba su corazón y como un viento gélido de muerte apagaba la más mínima llama de esperanza. Era como vivir alimentándose de pesadillas. Fue un infierno y un limbo. A veces notaba la mente tan vacía que sentía como si la muerte también lo arrastrase a él. A veces notaba una furia tan profunda que sentía que podría con cualquier cosa.
Finalmente, Pete murió.
domingo, 11 de noviembre de 2012
No...
Cuando llegué a casa, muerta de frío, tú todavía no habías llegado. Me saqué los zapatos mientras me quedaba siete centímetros más cerca del suelo. Con las manos congeladas y la nariz roja fui a la cocina. La casa estaba fría y tú no estabas. Estornudé. Miré el reloj, tú ya deberías haber vuelto, mientras me tomaba una pastilla para el dolor de cabeza. Puse tres galletas en un platito y me serví un vaso de leche, ahora sólo me faltabas tú. Fue entonces cuando lo vi. El bote de café estaba abierto, abierto y vacío. Fue entonces cuando escuché como algo se rompía. Por mi mente pasaron todos nuestras risas y todos nuestros cafés. Los besos, los bailes y todas las fotografías. Todas nuestras fotografías. Y por mi mente también pasó tu cara pecosa y tu sonrisa. Y el momento en que me habías prometido que tú comprarías el café. Y también aquel, en la playa, en el que me dijiste que me querrías para siempre. No sé si fue el sol de invierno, demasiado perezoso para brillar, que se escondió o que mis ojos perdieron la luz. La casa, de pronto, se quedó gris. Escuché como movías las llaves tras la puerta y me acerqué al recibidor con la sangre congelada en mis vasos sanguíneos. Con el corazón paralizado, te recibí.
- Hola, brujita - me dijiste sin mirarme siquiera, liado con el móvil y las llaves como estabas. El nudo que tenía en la garganta me impedía hablar.
Fue entonces cuando me miraste. Fue entonces cuando te miré sin parpadear. Supiste al momento que algo iba mal. Supiste que lo sabía.
- No hay café... - te susurré con voz trémula mientras tú parecías haber recordado algo importante. Te quedaste callado sin contestar. Yo seguía el camino que habían recorrido tus pensamientos desde que habías llegado a casa. Y mucho antes. Los dos lo sabíamos pero nadie hablaba.
El silencio nos mordió a los dos y me sentí palidecer muy despacio. Tus ojos avellana me miraban y yo sólo pensaba en el café. En el café y en ti.
- ¿Ya no me quieres? - me atreví a preguntar, finalmente. Nunca me había gustado verte triste y ahora parecías a punto de romperte. Me permití perder la cabeza en tus labios un momento pero pronto volví a ti, nuestros besos se habían roto.
- No...
martes, 6 de noviembre de 2012
El Babel (2) - Livingstone
Livingstone no era doctor, sólo sombrío. Durante su juventud había sido un chico aplicado, sensato y estudioso. Tras mucho sufrimiento y esfuerzo había conseguido entrar en la universidad con una beca para formarse como médico. Hijo de unos padres orgullosos y humildes, había dejado su pequeño pueblo natal y la empresa familiar para salvar vidas. Para salvar vidas y ganar dinero, claro.
La historia de Livingstone podría ser como tantas otras historias con moraleja, si te esfuerzas y trabajas duro puedes conseguir lo que deseas. Pero esta no es la historia de Livingstone. Livingstone no era doctor, sólo sombrío.
Cada vez que recordaba sus primeros meses en la universidad, Livingstone notaba como sus antepasados - hechos fantasmas de rostros pálidos - comenzaban a mordisquearle las entrañas. Cada vez que recordaba sus segundos meses en la universidad, crecía en Livingstone la necesidad imperiosa de comprar una pistola y volarse la tapa de los sesos. Por eso Livingstone no solía pensar mucho en el pasado.
Las veces en las que lo hacía, botella en mano y alcohol en vena, siempre recordaba el momento de su caída. Si alguien le hubiese preguntado, él le habría relatado el momento exacto en el que sentenció su destino. Lo recordaba perfectamente. Livingstone recordaba cada instante, cada color, cada sonido. El momento en que decidió comenzar a morir fue en el que escuchó su risa.
Como todos los estudiantes de Medicina de corazón inquieto y alma curiosa, Livingstone había ido al bar donde se decía que el fundador de la Universidad - médico también - había escrito su famoso manifiesto sobre anatomía patológica que ahora se veneraba como si de un libro sagrado se tratara. Toda una institución.
El día en el que por fin se había decidido a ir llovía. Tras salir de clase y despedirse de sus nuevos amigos con una mala excusa - Livingstone no sabía por qué pero quería ir solo al famoso local - emprendió el camino empedrado intentando no perderse. Cuando llegó, totalmente empapado, se detuvo ante la puerta. El día era gris y su gabardina estaba manchada. Sus manos, entre blancas y rojas por el frío, sujetaban con esfuerzo su maletín. Se sintió perdido, indigno. Había esperado tanto para entrar en aquel bar que ahora veía como todo su ser era un deshecho. Estuvo mucho tiempo frente al local pensando si debía entrar o no, sintiendo como su corazón se asustaba ante la posibilidad de que le denegasen el acceso por no ir con ropa adecuada. Estornudó. Livingstone dio media vuelta y comenzó a alejarse, cabizbajo.
Mientras miles de pensamientos taciturnos cruzaban su mente, sus pasos lo alejaban de su destino. Tan ensimismado estaba en su propia persona que no vio el charco que tenía en su camino, Livingstone lanzó una maldición.
Fue entonces cuando escuchó su risa clara, transparente. Fue entonces cuando todo comenzó a ir mal. Mientras la lluvia jugaban con su pelo y su ropa, Livingstone levantó la cabeza buscando al ángel dueño de aquella risa. Cuando descubrió sus labios rojos creyó que estaba muerto. Nada, ni en un millón de años, se podía comparar con lo que su corazón sintió cuando vio esos labios perfectamente pintados. Suspiró.
Un ángel de cabellos caobas y sonrisa infinita lo había rescatado de sus turbios pensamientos cuando su propia torpeza hizo estallar una risa de nieve y cristal. Ella se le había acercado y lo había cobijado bajo su paragüas. Qué bonita era. Si le hubiesen preguntando años después, con la batería de sinónimos que había comprado a través de sus años y sus decepciones, podría enumerar y adjetivar para peca y cada olor. Era como una mañana clara de invierno y un volcán de sensualidad. Era perfecta.
Livingstone, como hombre de ciencia que era, nunca había creído en nada que no pudiese ver y tocar, estudiar y comprender. Livingstone nunca había creído en nada... hasta que la conoció. Recordaba cada palabra y cada sonrisa, como traviesas gotas de lluvia jugaban con su bonito cabello y su abrigo entallado. Livingstone recordaba la delicadeza de su cuello, sus piernas y el tacto de sus guantes de lunares. Livingstone pensó que había muerto y resucitado. Livingstone estaba en lo cierto. Livingstone estaba equivocado.
En aquel momento de lluvia y amor no había muerto, tampoco había resucitado. En aquel momento de rojo y lavanda había comenzado a morir.
Livingstone se pregunta cada noche qué habría sucedido con su vida maldita si aquel día no hubiese dado media vuelta, si hubiese entrado en el bar nada más llegar. ¿La habría conocido? ¿Habría pactado con el demonio un destino de desesperanza y tristeza a cambio de sus labios? ¿Habría conocido la felicidad más extrema? ¿El dolor más profundo?
Si alguien le hubiese preguntado, él le habría relatado el momento exacto en el que sentenció su destino. Lo recordaba perfectamente. Pero ya nadie preguntaba nada a Livingstone y él no podía hacer otra cosa que seguir bebiendo para acallar a los demonios que susurraban su fracaso, su vida.
lunes, 5 de noviembre de 2012
El Babel (1) - Stanley
El bar era como todos los bares de aquella zona: mugriento, pequeño, oscuro y triste, pero se llamaba Babel. El bar estaba habitado - si es que los bares pueden sufrir semejante verbo - por los mismos personajes que habitaban los bares similares: borrachos pobres, borrachos feos y borrachos sucios, pero se llamaba Babel.
A Stanley, escritor en paro desde hacía años, le había parecido apropiado para sufrir su agonía. A él iba cada noche con un cuaderno viejo - cuyas hojas estaban ya amarillentas y, en ocasiones, sucias por los bordes -, el periódico del día y su tristeza infinita.
Stanley siempre empezaba con lo mismo, un café irlandés. Antes de independizarse y buscar las musas en las noches bohemias que ahora lo torturaban durante las mañanas, había sido un chico de bien, de los que madrugaban y siempre desayunaban café solo. Pese a que ahora ya ni era de bien ni madrugaba, conservaba el café en su vida.
Así pues, Stanley comenzaba su día mientras todos los demás comenzaban sus noches. Y lo hacía siempre con su mirada gris cargaba de tristeza y desesperanza. Y lo hacía siempre con un café irlandés y el periódico. Y lo hacía siempre solo. Stanley estaba solo.
Stanley había perdido familia, amigos y fortuna por amor y, después, había perdido el amor. Stanley había renunciado a todo por ella y ella se había ido con otro. Stanley había perdido el amor o, como él decía, se lo habían robado. Ahora simplemente se dejaba perder. Cada noche se dejaba perder y se encontraba con el alcohol y cada mañana se obligaba a encontrarse y se perdía con/en la resaca.
Por eso se recluía en aquel bar de nombre tentador. Para Stanley, su vida era una torre hecha de palabras. Para Stanley, todo era gris. El Babel, también gris, le parecía un buen lugar para ahogar sus penas... y sus palabras.
Muchas veces había pensado en el suicidio, algo normal como escritor torturado que era, pero nunca le había tentado lo suficiente. En sus reflexiones de alcohol y papel se decía a sí mismo que era un adicto al dolor. Había sufrido tan intensamente que ahora el dolor era parte de su vida y ya no imaginaba un mundo sin él. Y sin mundo, no hay dolor. Stanley ya no pensaba en el suicidio.
Stanley siempre empezaba con un café irlandés. Entraba en aquel lugar de tonos ocre tras dejar la fría y húmeda calle y dejaba el paraguas cerca de la puerta. Mientras se quitaba la raída gabardina - más sucia que limpia - y caminaba absorto en sus pensamientos, sin mirar siquiera al camarero, pedía la primera consumición de la noche.
Como cada noche que entraba en el Babel, temía que su sitio en la esquina, bajo una de las pocas lámparas que iluminaba el local, estuviese ocupado. Y como cada noche, suspiraba de alivio al verlo tan deshabitado como su alma.
(Continuará...?)
domingo, 4 de noviembre de 2012
Lincoln, recuerda
Lucy clavó su mirada de ojos llorosos, muy rojos, en él. Él noto como tragaba saliva con esfuerzo, las palabras se le atragantaban en la garganta. Mientras Lucy inspiraba con lentitud, Lincoln veía como los años caían como rocas sobre su carita de niña y crecía y maduraba a cada segundo.
- Andrew ha muerto… - dijo la niña con un hilillo de voz.
Como una flash, de pronto, recordó la noche anterior.
viernes, 2 de noviembre de 2012
el Frío golpea la puerta
Aquella tarde el Frío había entrado sin avisar, el muy cabrón ni llamó primero. Ya nadie respetaba a nadie, los buenos modales eran cosa del pasado. ¿Por qué tendría que hacerlo él?
- Y bien, ¿qué tienes para mí? - el Frío no era muy dado a las delicadezas y hoy no iba a ser diferente.
- Verá, yo... - ni pude exponer mis malas excusas, su gélida mirada me atravesó. Retrasarme en los pagos había sido muy mala idea.
Se levantó de la silla como un huracán rompiendo a su paso la taza de café que había dejado a sus pies. Mientras el gesticulaba y el vendaval giraba y giraba por mi casa, yo sólo podía fijarme en el café que se iba extendiendo lentamente por mi alfombra. A cada nuevo trueno del Sr.Frío, yo tenía menos idea de adónde llevaría todo aquello.
Esperaba a que se calmase un poco la tormenta para poder explicarme. Maldita la hora en que me dio por comprar aquellas canciones. Ahora lo sabía.
- Verá, Sr.Frío, ha habido un pequeño problema... Yo - no sabía qué hacer con el nudo que tenía en la garganta, resolví el problema con un carraspeo - no tengo la mercancía... aún.
Antes de que la tormenta volviese a rugir me apuré a intentar tranquilizarlo con la diminuta palabra "aún". Desde luego, aún no tenía la mercancía, pero no veía el modo de poder conseguirla en un plazo lo suficientemente corto como para que el Sr.Frío no prescindiese de mí. Y que alguien como el Frío prescindiese de ti no era bueno, ni mucho menos. Estaba aterrada.
El problema había comenzado al meterme en aquella mafia, desde luego, pero ese no era mi problema. La elección había sido tomada y ya no podía hacer nada al respecto. No podía hacer nada para escapar. Nunca seríalibre.
No, ese no era mi problema. El problema eran las canciones. Las canciones y aquel café.
Yo siempre había sido de sus favoritas. Nunca me había tratado bien, ni había sido cariñoso conmigo, por supuesto. El Frío no hacía eso. Pero yo siempre había sido la más eficiente. La mejor. Muchas veces, en especialpor la noche, me preguntaba si no había nacido exactamente para ese trabajo: robar calor.
No era un trabajo fácil, pero a mí se me daba bien. Yo me veía a mí misma como una ladrona de clase A. Yo era muy fantasiosa, es verdad. Incluso después de ingresar en aquella mafia. Si en lugar de un maldito grupo de malditas personas hubiese sido un colegio, creo que me habría licenciado con honores. La mejor de la clase.
Era fácil para mí entrar en corazones ajenos y sustraer su calor, hacerlo mío. Eso, a fin de cuentas, no tenía mucha ciencia. Eso era fácil. Cualquier podría hacerlo.
El trabajo de los que robábamos calor era mucho más.... exquisto. Éramos profesionales del sentimiento.
Como ya he dicho, robar el calor de los demás era fácil. El problema estaba en saber - en poder - almacenarlocorrectamente. El calor era muy delicado, muy proclive a estropearse, a volverse inservible. Y, por descontado, el calor sentimental era muy dado a crear nuevas conexiones. Eso era lo peor. Muchísimos profesionales como yo - está bien, no como yo, yo era la mejor - lo habían perdido todo por haber atrapado calor y no haber sido capaces de almacenarlo bien.
Para los que no lo sepáis, el calor muerde. Y siempre - escuchad lo que digo, siempre - lo hace con ganas. Muerde corazones y muerde pensamientos.
Cuando hablo de que el calor crea nuevas conexiones muy rápidamente quiero decir que, si le das la opción, te muerde las entrañas. Tu interior debe estar completamente vacío, complemente a oscuras. Esa es la única manera. Para los profesionales como yo, la máxima era vivir vacíos. Yo había nacido rota - o esa era mi opinión al respecto - y mi interior no tenía ni luz ni calor propio, así que eso me hacía la mejor.
El calor robado nunca enraizaba en mi interior y entonces siempre podía almacenarlo correctamente. Tras el almacenamiento, la venta era billonaria. Siempre era así.
Pero el problema habían sido las canciones.
martes, 23 de octubre de 2012
Lo tenía claro
[...] Entonces lo oyó, eran sollozos.
Su corazón comenzó a latir con mucha intensidad, se sentía mareado y débil. Esos sonidos estaban evocando en él recuerdos horribles. Se sintió destrozado, como si acabasen de arrancarle el corazón a mordiscos. Si era un zetaquien estaba llorando con tanto dolor, con tanto sentimiento, Lincoln Walsh lo tenía claro: conseguiría una pistola y se volaría la tapa de los sesos, no podría soportarlo. [...]
sábado, 20 de octubre de 2012
(en el medio)
Respiró. Aquello no podía ser verdad, todo había comenzando de una manera tan sencilla que era impensable que ahora le estuviese sucediendo todo aquello. Tosió suavemente mientras se llevaba una mano al costado, dolía como mil demonios. Dejó que un par de maldiciones se le escapasen entrecortadamente de sus labios, no debía hacer ruido. Su mano, la misma que había llevado hasta su costado, se iba tiñendo lentamente de rojo. Cerró los ojos con fuerza, respiró. Respiró todo el bosque que lo rodeaba, su rostro se relajó. Apoyado como estaba contra aquel muro de ladrillo viejo rodeado de maleza se sentía más tranquilo. A su alrededor sólo reinaba el caos, pero allí el estaba solo. Y la soledad era tranquilidad. Se quejó suavemente, aquello dolía de verdad.Maldita sea. La tranquilidad momentánea comenzaba a desaparecer y de nuevo volvía a sentir el corazón en la boca, volvía a sentir el pecho abierto. Se río sin ganas. El pecho abierto. Sí, metafórica y literalmente. Maldita sea, maldita sea! Notó como el leve aire de noviembre le refrescaba las mejillas; debía estar llorando, no lo tenía claro. Volvió a quejarse levemente, ni siquiera en un momento como aquel podía ser dueño de un grito de furia. Eso sería mucho peor, la desesperación era mucho peor que el dolor. Saboreó el dolor como si fuese un vaso de buen vino, sus sentimientos eran tan confusos que disfrutó aquellos momentos de frío. Maldito frío doloroso. De cuclillas como estaba, agazapado entre la maleza y desangrándose era un blanco fácil, debía seguir moviéndose. Se quejó de nuevo, escupió una mezcla de saliva y sangre. O de sangre y saliva. Las proporciones eran tan relativas desde que todo cambió. Sangre y saliva, seguramente. Seguramente se estaba muriendo. Sí, se estaba muriendo. Se moría perdido en aquel bosque. Respiró. Se moría y estaba más en paz que cuando era más dueño de su vida que de su sueño eterno. Dejó caer la pistola en la hierba. La dejó con delicadeza en el suelo, como si fuese una antigua compañera de viaje, demasiado vieja para continuar. Como si sus pasos hubiesen sido tantos que ya estaba cansada de seguir. Se volvió a reír suavemente. Volvió a toser sangre. El que se cansaba de vivir era él, el que se cansaba de morir era él. La muerte se reía de él y a él aquello le hacía gracia... o muy desdichado, no lo tenía claro. La muerte no llegaba, la vida lo abandonada. ¿Qué era aquello? Respiró de nuevo. Respiró y esperó. Dejó que todo el bosque lo rodease, que el viento acunase su llanto silencioso. Dejó que la noche bebiese sus lágrimas y los gritos lejanos se ahogasen entre la maleza. Y esperó. Y esperó. Y la muerte no llegaba. Maldita sea! Morirse le estaba doliendo mucho más que seguir viviendo. La muerte, prostituta ladrona de vida, se estaba retrasando y él nunca llevó bien la espera. Quejido tras quejido fue incorporándose; una mano aferrada a la pistola, la otra contra el muro, pintándolo de rojo. Quejido tras quejido se incorporó a la vida. Si la muerte no llegaba, él agarraría y se follaría a la vida. La determinación iluminó sus ojos. Volvió a llorar, ahora estaba seguro. La vida dolía pero no estaba listo para morir. Impulsado por sus nuevas ganas de respirar, sonrió. Todavía no estaba todo perdido.
viernes, 19 de octubre de 2012
Una historia supernatural
Mientras corría no miraba atrás. Había visto demasiadas películas de monstruos para saber que mirar hacia atrás nunca conllevaba nada bueno. Salió del salón principial de la casa golpeando la manilla con fuerza y giró por el pasillo a oscuras, iluminando con su literna a duras penas. Su respiración se aceleró cuando la cerradura de la puerta que llevaba al sótano se le resistió unos segundos, notaba aquella presencia oscura pegada a sus talones, no podía demorarse más.
Cuando la puerta finalmente cedió, bajó los escalones de dos en dos y maldijo por lo bajo cuando trastablilló y terminó de descender los últimos cinco peldaños rodando, menudo escándalo estaba haciendo. Cuando su cara golpeó con el suelo del sótano, aspiró polvo y suciedad. Tosió varias veces mientras se levantaba y recogía la linterna con rapidez. Se alejó de las escaleras poco a poco, mientras trataba de normalizar su respiración, en aquel momento no le convenía hacer ruido. La criatura pronto llegaría hasta ella y sólo tendría una oportunidad.
Intentó encontrar su mochila en la semioscuridad pero no lo consiguió. Pensó en el magnífico cuchillo que había dejado dos pisos más arriba, cuando aquel extraño ser había saltado sobre ella desde las sombras, derribándola. Había faltado muy poco para que de un golpe la hubiese dejado sin cara. Pero ahora no tenía tiempo de lamentarse, ya escuchaba la respiración jadeante del monstruo; se estaba acercando a ella. Era ahora o nunca.
Dirigió su mirada por toda la estancia intentando encontrar algún tipo de arma con la cual defenderse. Sin apenas moverse, aquel ser ya había bajado las escaleras, cogió un bate de beisbol que había cerca de una caja llena de balones y pompones de animadora. Con la espalda contra las puertas de un armario se preparó. Apagó la literna, cuya luz estaba ahogada entre sus manos y la dejó en el suelo, a sus pies. Se pasó la mano por la frente y se apartó el pelo de la cara. Aspiró profundamente mientras sujetaba el bate con ambas manos, el momento había llegado.
Conteniendo la respiración, cuando el momento llegó, golpeó hacia la izquierda con fuerza. De la inercia casi se le cae el bate de las manos. Allí no había nada, había golpeada al aire. ¿Cómo? Ella había escuchado atentamente, la criatura se había movido entre jadeos hasta donde ella estaba, había esperando el momento. Había dejado que se acercase lo suficiente como para no errar el golpe. No entendía nada, ¿dónde se había metido?
Con un ruido brutal de madera rota algo surgió a su espalda, golpeándola con fuerza. Notó un dolor horrible que la dejó unos momentos sin respiración, la había alcanzado en todo el costado izquierdo y la había tirado al suelo. Aquel ser había surgido del armario y la había derribado. Se le escapó un grito cuando sintió como unas garras agarraban su tobillo derecho, la criatura trataba de arrastrarla hacia sí. Tras varios pataleos, consiguió asestarle una patada lo suficientemente fuerte como para que aquel depredador la soltase. Se levantó como pudo y corrió intentando esconderse. Se apoyó contra la pared jadeando, intentando aclararse la mente. Necesitaba un plan B.
Aquella criatura soltó un rugido atronador. Ella intentó controlarse, tuvo que apretar los puños con fuerza para que sus manos dejasen de temblar. Aquel ser estaba enfadado y ella no tenía armas, ningún tipo de defensa. Estaba perdida.
Se deslizó como pudo, siempre con la pared a su espalda ya que no volvería a repetir el descuido de antes, y consiguió asir un paraguas de aspecto resistente. Genial, pensó apesadumbrada.Agudizó el oído, la oscuridad en aquella zona era prácticamente total, y esperó. Segundos después aquella criatura soltó otro rugido y la escuchó correr; correr hacia ella. La había descubierto.
Mientras levantaba el paraguas, sujetado con ambas manos, de forma horizontal, la criatura rugió y golpeó. Ella cerró los ojos. Segundos antes de la colisión, notó como algo se ponía frente a ella, algo surgido de la oscuridad. El dolor, que no llegó, fue sustituido por una leve sacudida y un gruñido cerca de su cara.
- Tranquila. - susurró cerca de su cuello el desconocido que se había interpuesto entre ella y aquel ser . - Estás a salvo.
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