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miércoles, 14 de noviembre de 2012

7+1



En clase nos enseñan que hay siete tipos de dolor.
Yo creo que hay ocho.
Uno de ellos...
eres .

martes, 13 de noviembre de 2012

(pseudo)Filosofía de la música o alguna estupidez del estilo


.


.

- Hay más colores.
- ¿Cómo?
- Hay más colores.
- Ah. Ya.




Es raro cuando encuentras al vidente que escribió tu vida antes de que tú pudieras vivirla. Es raro y, sin embargo,embriagador. Pruebas cada una de sus canciones muy despacio, como si temieras lo que ellas te ofrecerán después, en el mundo real. Las guitarras son las que bombean tu sangre y la batería te da la fortaleza necesaria para enfrentarte a tus demonios. El bajo, bueno, siempre he sido de la opinión de que el bajo es tan misteriocomo profundo. Ya me entiendes, ¿no? dum dum dum.

Comienzas a confeccionar el mapa de tus sentimientos como si fuera el mural de tu vida. "Sí, tienes razón, es exactamente así. Gracias por expresar tan bien lo que pienso. Das música a todo lo que siento."

Y, de pronto, te encuentras en el desiertoTu desierto particular. Todo lo que respiras son ellosCompartesdesde la razón hasta la cama y crees que terminarás ahogándote en tu propia sangre. O en tus propias ideas, que, básicamente, es lo mismo. Te defines como Heroica y Perdida y pruebas sus drogas. O sus canciones. O las canciones que hicieron con las drogas. O las drogas que hicieron con las canciones. O... Creo que he perdido la brújula y no hay estrella polar que me indique el camino. Si hablamos del camino correcto....en fin, creo que me tomaré otra copa.




Cuando la unión es tan fuerte como poderosatu propia vida se alimenta de ti. Crees que perderás (más) la razón. Crees que estás completamente sola, completamente perdida. Y lo estás.

Ellos pintan tu vida, la acariñan y la acunan. Ellos pintan tus relaciones y tus lágrimas pero ellos... ellos son uncolor. Desde luego, son tu maldito color pero, jaun color no te llega. Así que buscas. Escuchas voces lejanas y te aproximas lentamente. Te aproximas y el encanto inicial desaparece "sólo me ofreces eso?". La novedad sienta bien pero la profundidad, la complejidad, es lo que tu corazón quiere. Es de lo que tus sentidos se alimentan. Así que vuelves a buscar.

Y buscas.

Y buscas.

Estás tan ofuscada como desencantada y todo lo ves a través de un cristal gris. Sólo ves grisCanciones que te rozan la pielvoces que te guiñan un ojoletras que intentan seducirte. Y tú sólo ves gris. Gris. Gris. Gris. "Yo quiero azul." Tu propia perdición, ellos, te animan a que descubras nuevos motivos para perder la cabeza y tú quieres... Pero no puedes. No sabes. Todo es gris.

Cuando ya crees que tu capacidad para descubrir sonidos nuevos está rota y nunca más podrás repararlo niperderte en la mente de otros... De pronto (y sin avisar), llegan los sonidos.


Y, de pronto, aparecen los colores.




lunes, 12 de noviembre de 2012






Uhmmm - dijo mientras saboreaba - está bueno. Tiene cuerpo, ¿qué es?
Mi orgullo.

domingo, 11 de noviembre de 2012

No...



Cuando llegué a casa, muerta de frío, tú todavía no habías llegado. Me saqué los zapatos mientras me quedaba siete centímetros más cerca del suelo. Con las manos congeladas y la nariz roja fui a la cocina. La casa estaba fría y tú no estabas. Estornudé. Miré el reloj, tú ya deberías haber vuelto, mientras me tomaba una pastilla para el dolor de cabeza. Puse tres galletas en un platito y me serví un vaso de leche, ahora sólo me faltabas tú. Fue entonces cuando lo vi. El bote de café estaba abierto, abierto y vacío. Fue entonces cuando escuché como algo se rompía. Por mi mente pasaron todos nuestras risas y todos nuestros cafés. Los besos, los bailes y todas las fotografías. Todas nuestras fotografías. Y por mi mente también pasó tu cara pecosa y tu sonrisa. Y el momento en que me habías prometido que tú comprarías el café. Y también aquel, en la playa, en el que me dijiste que me querrías para siempre. No sé si fue el sol de invierno, demasiado perezoso para brillar, que se escondió o que mis ojos perdieron la luz. La casa, de pronto, se quedó gris. Escuché como movías las llaves tras la puerta y me acerqué al recibidor con la sangre congelada en mis vasos sanguíneos. Con el corazón paralizado, te recibí.


- Hola, brujita - me dijiste sin mirarme siquiera, liado con el móvil y las llaves como estabas. El nudo que tenía en la garganta me impedía hablar.

Fue entonces cuando me miraste. Fue entonces cuando te miré sin parpadear. Supiste al momento que algo iba mal. Supiste que lo sabía.

- No hay café... - te susurré con voz trémula mientras tú parecías haber recordado algo importante. Te quedaste callado sin contestar. Yo seguía el camino que habían recorrido tus pensamientos desde que habías llegado a casa. Y mucho antes. Los dos lo sabíamos pero nadie hablaba.

El silencio nos mordió a los dos y me sentí palidecer muy despacio. Tus ojos avellana me miraban y yo sólo pensaba en el café. En el café y en ti.

- ¿Ya no me quieres? - me atreví a preguntar, finalmente. Nunca me había gustado verte triste y ahora parecías a punto de romperte. Me permití perder la cabeza en tus labios un momento pero pronto volví a ti, nuestros besos se habían roto.

- No...

sábado, 10 de noviembre de 2012

En venta



El jefe de los bomberos me ha contado que Clarisse ha sido atropellada por un coche y ha muerto. Y ahora es cuando me siento a pensar e imagino que las cosas son distintas. Creo que, en parte, Ray y yo tenemos cosas en común. Los pensamientos sobre la velocidad y el desapego de las personas son temas que nos inducen sentimientos confusos. Pero no voy a hablar de él ni de ella, sino que voy a hablar de mí.
No tengo claro si las palabras van en el orden correcto y, por supuesto, no voy a hablar de mis tetas. Se me da tan mal la gente como la escritura pero escucho música deprimente y simulo (o disimulo) sentimientos que me son extraños.
Ofrezco tanto malos textos como malos dibujos.Sé lo que comen las brujas. No sé hacer chistes ni contarlos. Estornudo demasiado y siempre tengo frío. Ofrezco caramelos. Casi siempre pongo las tildes en el sitio correcto.
Leche, galletas y a ti.

viernes, 9 de noviembre de 2012

¡A por ti!



- .... ¡A por ti! - exclamó de pronto y todos gritaron y rieron con ganas. Aquellos niños eran el público favorito de la bruja. Siempre escuchaban atentamente sus historias y después siempre le dejaban una cajita de galletas cerca de la entrada. Ellos intentaban disimular para que el regalo de cada semana fuese una sorpresa y ella siempre buscaba una excusa para no darse cuenta de nada.

Cuando la bruja se levantó en busca de Dante, su gato, los chicos se levantaron corriendo y, a carreras, llegaron a la entrada de la casa de la bruja. Dejaron la cajita de galletas de canela y cogieron las bicis, en un momento estaban calle abajo recordando los momentos más emocionantes de la historia de hoy.

Mientras la bruja se servía un vaso de agua y los veía alejarse a través de la ventana, se encogió de hombros y negó con la cabeza. Debería haber sido escritora de cuentos infantiles, le habría ido mucho mejor.

Después de hidratarse, cada vez le costaba más enfatizar los momentos oscuros de las historias que contaba, fue a la nevera a por una botella de leche. Cogió una tacita de porcelana y echó en ella la leche. Con un poco de esfuerzo se agachó y la dejó en el suelo. Apoyándose en la encimera volvió a incorporarse y fue hasta la entrada.

Suspiró al ver el presente.

Dejando pasar el tiempo a través de su cuerpo, la bruja terminó las tareas de aquella tarde y calcetó unos centímetros más de la bufanda roja que estaba haciendo. Después, puso la radio y comenzó a preparar la cena. Como el gato, ella cenaba todas las noches lo mismo: un vasito de leche y tres galletas.

Mientras escuchaba un tema de Chuck Berry, subió a su cuarto y después de encender la luz y bajar las persianas, se sacó los zapatos. Pese a que toda su vida había usado tacones, ahora comenzaban a molestarle con más frecuencia. Los años le pesaban desde hacía años.

- Y dime cariño, ¿cuándo volveremos a vernos? - dijo la bruja a la habitación vacía.

Con las zapatillas puestas, un cuaderno bajo el brazo y un chal sobre los hombros, volvió a bajar las escaleras. Había dejado la cena a medias y Dante no era demasiado paciente. Si no bajaba pronto el gato se lo comería todo.

Fue entonces cuando lo vio. Fue entonces cuando comenzó a sollozar débilmente. Una de las cortinas de su bonito salón se había desprendido y ahora colgaba como un muerto. La bruja se quedó quieta mientras la música, cargada de palabras secretas, la envolvía suavemente.

- Anoche te vi. ¿Vienes a por mi, corazón? - susurró, una vez calmada, a la estancia vacía.

Sus manos cargadas de años y arrugas dejaron el diario sobre la mesa y, temblorosas, cogieron un pañuelo. Lentamente fue limpiando los caminos que habían dejado sus lágrimas.

Cuando se sentó, abrió el pequeño diario de cubierta escarlata y páginas blancas. Suspiró. En la hoja que estaba marcada por un pedacito de raso rojo sólo había una fecha escrita con tinta negra y caligrafía elaborada. La mano de la bruja tembló mientras recorría las letras que estaban escritas como si fueran los labios de un antiguo amante.

- Estoy lista. Estoy lista para irme contigo.

- ¿Aunque tengamos que pasar una temporada en el Infierno? - tras las palabras graves que respondieron a la bruja, hubo el silencio. Y, tras el silencio, hubo lágrimas. La anciana bruja lloraba y lloraba y lloraba mientras la voz callaba y la pregunta danzaba en el aire.

La sonrisa de la bruja, una vez las lágrimas cesaron, era pausaba y verdadera. Su rostro era el rostro de la felicidad más absoluta y su sonrisa, pese a estar enmarcada en un mar de arrugas y años, era la sonrisa más bonita del mundo.

- Llevo mucho tiempo esperándote, amor mío. Ahora podré estar en paz contigo. ¿Qué importa que sea el Cielo? ¿Qué importa que sea en el Infierno? ¿Qué importa que yo sea bruja?

- Brujita...

- Tengo leche, tengo galletas y, ahora, por fin, te tengo a ti.

La bruja, con el diario bajo el brazo, y el recuerdo de su esposo fallecido subieron de la mano al dormitorio. Ella se sacó las zapatillas y se tumbó en la cama. Cerró los ojos mientras notaba como su esposo se tumbaba a su lado.

- Buenas noches, ahora mismo vuelvo a besarte.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Maldito





.

" La imaginación no es un estado: es la existencia humana en sí misma."



Maldito poeta. Maldito pintor. Maldito grabador. Maldito místico. Maldito religioso. Maldito inglés. Maldito genio. Maldito tigre. Maldito reloj. Maldita flor. Maldita arena. Malditos provebios. Maldito infierno.
Maldita tumba sin nombre.
Maldito tú.

Quizá podría haber sido fácil ser completamente feliz y no sentirme - a cada paso, con cada respirar - un fraude, si no fueras tú quien escribió la Verdad con mayúscula.

"La Verdad no puede ser entendida sin ser creída."

Sí, pero...
¿Dónde está esa Verdad?


Maldito seas, William Blake.

Y maldito sea mi
- caótico, condicional, irracional, verdadero, profundo, perdido, extraño -
amor por ti.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

If






If dreams are like movies,
then memories are films about... ghosts.

martes, 6 de noviembre de 2012

El Babel (2) - Livingstone



Livingstone no era doctor, sólo sombrío. Durante su juventud había sido un chico aplicado, sensato y estudioso. Tras mucho sufrimiento y esfuerzo había conseguido entrar en la universidad con una beca para formarse como médico. Hijo de unos padres orgullosos y humildes, había dejado su pequeño pueblo natal y la empresa familiar para salvar vidas. Para salvar vidas y ganar dinero, claro.


La historia de Livingstone podría ser como tantas otras historias con moraleja, si te esfuerzas y trabajas duro puedes conseguir lo que deseas. Pero esta no es la historia de Livingstone. Livingstone no era doctor, sólo sombrío.

Cada vez que recordaba sus primeros meses en la universidad, Livingstone notaba como sus antepasados - hechos fantasmas de rostros pálidos - comenzaban a mordisquearle las entrañas. Cada vez que recordaba sus segundos meses en la universidad, crecía en Livingstone la necesidad imperiosa de comprar una pistola y volarse la tapa de los sesos. Por eso Livingstone no solía pensar mucho en el pasado.

Las veces en las que lo hacía, botella en mano y alcohol en vena, siempre recordaba el momento de su caída. Si alguien le hubiese preguntado, él le habría relatado el momento exacto en el que sentenció su destino. Lo recordaba perfectamente. Livingstone recordaba cada instante, cada color, cada sonido. El momento en que decidió comenzar a morir fue en el que escuchó su risa.

Como todos los estudiantes de Medicina de corazón inquieto y alma curiosa, Livingstone había ido al bar donde se decía que el fundador de la Universidad - médico también - había escrito su famoso manifiesto sobre anatomía patológica que ahora se veneraba como si de un libro sagrado se tratara. Toda una institución.

El día en el que por fin se había decidido a ir llovía. Tras salir de clase y despedirse de sus nuevos amigos con una mala excusa - Livingstone no sabía por qué pero quería ir solo al famoso local - emprendió el camino empedrado intentando no perderse. Cuando llegó, totalmente empapado, se detuvo ante la puerta. El día era gris y su gabardina estaba manchada. Sus manos, entre blancas y rojas por el frío, sujetaban con esfuerzo su maletín. Se sintió perdido, indigno. Había esperado tanto para entrar en aquel bar que ahora veía como todo su ser era un deshecho. Estuvo mucho tiempo frente al local pensando si debía entrar o no, sintiendo como su corazón se asustaba ante la posibilidad de que le denegasen el acceso por no ir con ropa adecuada. Estornudó. Livingstone dio media vuelta y comenzó a alejarse, cabizbajo.

Mientras miles de pensamientos taciturnos cruzaban su mente, sus pasos lo alejaban de su destino. Tan ensimismado estaba en su propia persona que no vio el charco que tenía en su camino, Livingstone lanzó una maldición.

Fue entonces cuando escuchó su risa clara, transparente. Fue entonces cuando todo comenzó a ir mal. Mientras la lluvia jugaban con su pelo y su ropa, Livingstone levantó la cabeza buscando al ángel dueño de aquella risa. Cuando descubrió sus labios rojos creyó que estaba muerto. Nada, ni en un millón de años, se podía comparar con lo que su corazón sintió cuando vio esos labios perfectamente pintados. Suspiró.

Un ángel de cabellos caobas y sonrisa infinita lo había rescatado de sus turbios pensamientos cuando su propia torpeza hizo estallar una risa de nieve y cristal. Ella se le había acercado y lo había cobijado bajo su paragüas. Qué bonita era. Si le hubiesen preguntando años después, con la batería de sinónimos que había comprado a través de sus años y sus decepciones, podría enumerar y adjetivar para peca y cada olor. Era como una mañana clara de invierno y un volcán de sensualidad. Era perfecta.

Livingstone, como hombre de ciencia que era, nunca había creído en nada que no pudiese ver y tocar, estudiar y comprender. Livingstone nunca había creído en nada... hasta que la conoció. Recordaba cada palabra y cada sonrisa, como traviesas gotas de lluvia jugaban con su bonito cabello y su abrigo entallado. Livingstone recordaba la delicadeza de su cuello, sus piernas y el tacto de sus guantes de lunares. Livingstone pensó que había muerto y resucitado. Livingstone estaba en lo cierto. Livingstone estaba equivocado.

En aquel momento de lluvia y amor no había muerto, tampoco había resucitado. En aquel momento de rojo y lavanda había comenzado a morir.

Livingstone se pregunta cada noche qué habría sucedido con su vida maldita si aquel día no hubiese dado media vuelta, si hubiese entrado en el bar nada más llegar. ¿La habría conocido? ¿Habría pactado con el demonio un destino de desesperanza y tristeza a cambio de sus labios? ¿Habría conocido la felicidad más extrema? ¿El dolor más profundo?


Si alguien le hubiese preguntado, él le habría relatado el momento exacto en el que sentenció su destino. Lo recordaba perfectamente. Pero ya nadie preguntaba nada a Livingstone y él no podía hacer otra cosa que seguir bebiendo para acallar a los demonios que susurraban su fracaso, su vida.


lunes, 5 de noviembre de 2012

El Babel (1) - Stanley



El bar era como todos los bares de aquella zona: mugriento, pequeño, oscuro y triste, pero se llamaba Babel. El bar estaba habitado - si es que los bares pueden sufrir semejante verbo - por los mismos personajes que habitaban los bares similares: borrachos pobres, borrachos feos y borrachos sucios, pero se llamaba Babel.

A Stanley, escritor en paro desde hacía años, le había parecido apropiado para sufrir su agonía. A él iba cada noche con un cuaderno viejo - cuyas hojas estaban ya amarillentas y, en ocasiones, sucias por los bordes -, el periódico del día y su tristeza infinita.

Stanley siempre empezaba con lo mismo, un café irlandés. Antes de independizarse y buscar las musas en las noches bohemias que ahora lo torturaban durante las mañanas, había sido un chico de bien, de los que madrugaban y siempre desayunaban café solo. Pese a que ahora ya ni era de bien ni madrugaba, conservaba el café en su vida.

Así pues, Stanley comenzaba su día mientras todos los demás comenzaban sus noches. Y lo hacía siempre con su mirada gris cargaba de tristeza y desesperanza. Y lo hacía siempre con un café irlandés y el periódico. Y lo hacía siempre solo. Stanley estaba solo.

Stanley había perdido familia, amigos y fortuna por amor y, después, había perdido el amor. Stanley había renunciado a todo por ella y ella se había ido con otro. Stanley había perdido el amor o, como él decía, se lo habían robado. Ahora simplemente se dejaba perder. Cada noche se dejaba perder y se encontraba con el alcohol y cada mañana se obligaba a encontrarse y se perdía con/en la resaca.

Por eso se recluía en aquel bar de nombre tentador. Para Stanley, su vida era una torre hecha de palabras. Para Stanley, todo era gris. El Babel, también gris, le parecía un buen lugar para ahogar sus penas... y sus palabras.

Muchas veces había pensado en el suicidio, algo normal como escritor torturado que era, pero nunca le había tentado lo suficiente. En sus reflexiones de alcohol y papel se decía a sí mismo que era un adicto al dolor. Había sufrido tan intensamente que ahora el dolor era parte de su vida y ya no imaginaba un mundo sin él. Y sin mundo, no hay dolor. Stanley ya no pensaba en el suicidio.

Stanley siempre empezaba con un café irlandés. Entraba en aquel lugar de tonos ocre tras dejar la fría y húmeda calle y dejaba el paraguas cerca de la puerta. Mientras se quitaba la raída gabardina - más sucia que limpia - y caminaba absorto en sus pensamientos, sin mirar siquiera al camarero, pedía la primera consumición de la noche.

Como cada noche que entraba en el Babel, temía que su sitio en la esquina, bajo una de las pocas lámparas que iluminaba el local, estuviese ocupado. Y como cada noche, suspiraba de alivio al verlo tan deshabitado como su alma.




(Continuará...?)

domingo, 4 de noviembre de 2012

Lincoln, recuerda



Lucy clavó su mirada de ojos llorosos, muy rojos, en él. Él noto como tragaba saliva con esfuerzo, las palabras se le atragantaban en la garganta. Mientras Lucy inspiraba con lentitud, Lincoln veía como los años caían como rocas sobre su carita de niña y crecía y maduraba a cada segundo.

- Andrew ha muerto… - dijo la niña con un hilillo de voz.

Como una flash, de pronto, recordó la noche anterior.

sábado, 3 de noviembre de 2012



- ¿En qué piensas?
- Mas que en qué, es en quién.
- Y... ¿en quién piensas?
- En Fitzgerald. Pienso en Fitzgerald.
- ¿Cómo? ¿De qué estás hablando?
- Pienso en Ben y pienso en Daisy y, al hacerlo, pienso en Fitzgerald. Y pienso en la historia que él creó para ellos. Y pienso en que ellos se equivocaron de tiempo y de dirección. Y pienso... y pensaba que nosotros nos habíamos equivocado de lugar y de momentoPero eso ya no lo pienso.

viernes, 2 de noviembre de 2012

el Frío golpea la puerta



Aquella tarde el Frío había entrado sin avisar, el muy cabrón ni llamó primero. Ya nadie respetaba a nadie, los buenos modales eran cosa del pasado. ¿Por qué tendría que hacerlo él?

- Y bien, ¿qué tienes para mí? - el Frío no era muy dado a las delicadezas y hoy no iba a ser diferente.

- Verá, yo... - ni pude exponer mis malas excusas, su gélida mirada me atravesó. Retrasarme en los pagos había sido muy mala idea.

Se levantó de la silla como un huracán rompiendo a su paso la taza de café que había dejado a sus pies. Mientras el gesticulaba y el vendaval giraba y giraba por mi casa, yo sólo podía fijarme en el café que se iba extendiendo lentamente por mi alfombra. A cada nuevo trueno del Sr.Frío, yo tenía menos idea de adónde llevaría todo aquello.

Esperaba a que se calmase un poco la tormenta para poder explicarme. Maldita la hora en que me dio por comprar aquellas canciones. Ahora lo sabía.

- Verá, Sr.Frío, ha habido un pequeño problema... Yo - no sabía qué hacer con el nudo que tenía en la garganta, resolví el problema con un carraspeo - no tengo la mercancía... aún.

Antes de que la tormenta volviese a rugir me apuré a intentar tranquilizarlo con la diminuta palabra "aún". Desde luego, aún no tenía la mercancía, pero no veía el modo de poder conseguirla en un plazo lo suficientemente corto como para que el Sr.Frío no prescindiese de mí. Y que alguien como el Frío prescindiese de ti no era bueno, ni mucho menos. Estaba aterrada.

El problema había comenzado al meterme en aquella mafia, desde luego, pero ese no era mi problema. La elección había sido tomada y ya no podía hacer nada al respecto. No podía hacer nada para escaparNunca seríalibre.

No, ese no era mi problema. El problema eran las canciones. Las canciones y aquel café.

Yo siempre había sido de sus favoritas. Nunca me había tratado bien, ni había sido cariñoso conmigo, por supuesto. El Frío no hacía eso. Pero yo siempre había sido la más eficiente. La mejor. Muchas veces, en especialpor la noche, me preguntaba si no había nacido exactamente para ese trabajo: robar calor.

No era un trabajo fácil, pero a mí se me daba bien. Yo me veía a mí misma como una ladrona de clase A. Yo era muy fantasiosa, es verdad. Incluso después de ingresar en aquella mafia. Si en lugar de un maldito grupo de malditas personas hubiese sido un colegio, creo que me habría licenciado con honores. La mejor de la clase.

Era fácil para mí entrar en corazones ajenos y sustraer su calor, hacerlo mío. Eso, a fin de cuentas, no tenía mucha ciencia. Eso era fácilCualquier podría hacerlo.

El trabajo de los que robábamos calor era mucho más.... exquistoÉramos profesionales del sentimiento.

Como ya he dicho, robar el calor de los demás era fácil. El problema estaba en saber - en poder - almacenarlocorrectamenteEl calor era muy delicado, muy proclive a estropearse, a volverse inservible. Y, por descontado, el calor sentimental era muy dado a crear nuevas conexionesEso era lo peor. Muchísimos profesionales como yo - está bien, no como yo, yo era la mejor - lo habían perdido todo por haber atrapado calor y no haber sido capaces de almacenarlo bien.

Para los que no lo sepáis, el calor muerdeY siempre - escuchad lo que digo, siempre - lo hace con ganas. Muerde corazones y muerde pensamientos.

Cuando hablo de que el calor crea nuevas conexiones muy rápidamente quiero decir que, si le das la opción, te muerde las entrañasTu interior debe estar completamente vacío, complemente a oscuras. Esa es la única manera. Para los profesionales como yo, la máxima era vivir vacíos. Yo había nacido rota - o esa era mi opinión al respecto - y mi interior no tenía ni luz ni calor propio, así que eso me hacía la mejor.

El calor robado nunca enraizaba en mi interior y entonces siempre podía almacenarlo correctamente. Tras el almacenamiento, la venta era billonaria. Siempre era así.

Pero el problema habían sido las canciones.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Café


Estornudé mientras tú tomabas el café.¿Estás bien? Mientras dejabas la revista que estabas leyendo, elevaste la mirada y te encontraste con mis ojos. Creo que estoy resfriada, te dije con el pelo todavía enmarañado. Tenía una pinta horrorosa y la nariz un poco sonrojada, pero a ti pareció darte igual porque sonreíste y me abrazaste suavemente. ¿Me vas a contagiar más?, me susurraste después de besarme el pelo. No entendí tú pregunta. ¿Más?Pregunté. A ti debió hacerte gracia porque se te escapó una risa traviesa y me abrazaste con más fuerza. Sí, más.Y lo dijiste como una sentencia. No entendía por qué no seguía tu sucesión de pensamientos, como siempre hacía. Supuse que sería porque estaba acatarrada. ¿Hiciste café?, te pregunté todavía entre tus brazos. Qué bien olías. Una mezcla de nuestro gel, tu colonia y la cafeína que recorría tu piel. Uhmmm, te bebería entero. Ahá... dijiste mirándome intensamente. Noté como mis rodillas se volvían gelatina y mi corazón latía con más fuerza. Tu mirada todavía me descontrolaba, después de todos estos años. ¿Qué sucede? No es que no me gustase que me miraras como si fuese deseable, pero no entendía por qué ese momento era especial. Tomaste aire antes de hablar, estoy esperando a que me contagies más...de ti. Y entonces me besaste.

martes, 30 de octubre de 2012

Borradores que dejan migajas de pasos borrados



Había llegado tarde, como siempre. Metió las manos en los bolsillos de sus pantalones y miró sus pies. Mientras mascaba chicle con desgana, alzó la cabeza y miró la luna. Allí estaba, redonda y enorme. Se encogió de hombros y comenzó a caminar.
Sus pensamientos viajaban a velocidades imposibles y en ellos sólo había una persona: Amelia. Su color de pelo, su olor a flores silvestres, su voz. Y él había llegado tarde.

( Extremoduro + The Mission )


- - - - - 


Abrió los ojos. La oscuridad besaba sus labios y lamía su piel.

Abrió los ojos. Mientras sus ojos se acostumbraban a la falta de luz comenzó a analizar el sitio donde estaba, no podía recordar nada. Había ido a por el coche y después.... nada. Había salido del trabajo, había ido a por el coche y después... nada. Su mente estaba bloqueada. No podía recordar lo que pasaba.

- Despierta...

Un escalofrío atravesó su cuerpo y notó frío. Todo olía a hierba húmeda y metal. Notaba el cuerpo entumecido y dolorido; ¿qué había sucedido? Intentó moverse pero algo se lo impedía, tanto sus muñecas como sus tobillos estaban atados. Estornudó. Hacía frío y tenía miedo. Tranquila, Alice, tranquilaPiensa. Fue entonces cuando comenzó su forcejeo. Intentaba separar una mano de otra, aflojar las ligaduras. Si al menos pudiese ver algo... Si pudiese encontrar una piedra afilada... Conforme se iba cansando, su desesperación crecía.

¡Vamos! - entre jadeos y forcejeos la cuerda fue cediendo. En el momento en que sus manos fueron libres, deshacerse de la prisión de sus tobillos fue mucho más sencillo.

- Despierta...

lunes, 29 de octubre de 2012

Buzones y otras decepciones



Cada día bajaba al buzón con el azul en el corazón y cada día la lluvia de la decepción le mojaba el pelo, siempre algo enmarañado. Y así fueron pasando los días. Ella introducía una llave formada por catorce estrellas y contenía el aliento antes de abrir, esperando encontrar cualquier cosa: desde un barco pirata a un nuevo universo con constelaciones inventadas. Y cada día su rostro se ensombrecía, mientras la propaganda y las facturas asediaban sus castillos en el aire. Y así fueron pasando los días. Poco a poco, la ilusión por encontrar unas letras escritas con tinta fue sustituida por la pasividad de una incógnita previamente desvelada. Y así fueron pasando los días. Su corazón fue haciéndose más limón que cereza y ella volviéndose más desvaída. Sus colores se apagaban cada día un poquito más. La Nada de aquel buzón absorbía su esperanza. De nítida pasó a translúcida. Y así fueron pasando los días. Cada día baja al buzón hasta que llegaron los días en que pasaba a su lado, evitaba mirarlo, y seguía sin detenerse. Desde ese momento el porcentaje de humedad del ambiente iba de la mano con su porcentaje de desilusión. Todos los días llovía. De translúcida paso a transparente. Ya sin colores, dejó de ir al buzón.


Que él me llame por primera vez y por sorpresa, 
que él me ofrezca unas palabras, una imagen y una canción, 
que ella me escriba, me ofrezca una perfecta canción
 y hasta vuelva a llamarme para ofrecerme la última. 
Que  seas sólo silencios. Eso es mal.

sábado, 27 de octubre de 2012

Diálogo con pensamientos descompensados





- Entonces, ¿tú qué opinas?
- ...
- Oh, venga, no pongas esa cara. La idea en sí es buena.
- ...
- Sí, sí, ya lo sé. Sé que no viene mucho a cuento pero, no sé, la idea es buena. Sólo quiero decirle que, por mi parte, todo está bien. Quiero decirle que al final he encontrado los pensamientos que tengo para él y que es un alivio saberlo. Que cuando todo está bien, está bien. Supongo que alguien podría malinterpretarlo pero...
- ....
¿Pensamientos descompensados? Ja... Tienes razón, seguramente sea eso. Pero con él no me es difícil ser fácil.
- ...
- Boh, no te burles. No me refería a eso. Simplemente digo que, ahora mismo, estamos bien y es agradable que no haya dudastormentas o grandes distorsiones cósmicas y sentimentales. No es fácil encontrar alguien con quien puedas hablar sin necesidad de cambiar, medir y contar todas tus palabras.
- ...
- Sí, con él a veces también las.... pienso. Pero siempre dejo a un lado lo políticamente correcto y me desato. Como ya te dije, es sencillo. Supongo que como todos juzga y cambia unos pensamientos por otros pero, al menos ahora mismo, creo que todo está bien.
- ...
- ¿Que si tuvimos nuestros más y nuevos menos? Pues claro, como todo el mundo. Pero por eso, precisamente por eso, creo que podría estar bien. Es como decirle: "sé que no siempre he estado muy acertada, sé que tú tampoco, sé que confundí o malsentí ciertas cosas, que hubo mucho drama insano pero ahora estamos bien." ¿Te había comentado que nunca escucha canciones tristes?
- ...
- Pues sí. No le gustan o, al menos, eso me ha dicho. Según él, cuando se está feliz se debe escuchar canciones alegres y cuando se está triste... también. Es como una bebida sana, cero drama y mucha energía. Oh, creo que me estoy yendo por las ramas.

[ . . . ]

- Entonces, ¿qué hago?
- ...
- Está bien. Te hago caso.

viernes, 26 de octubre de 2012

Fusiones (que no funciones) (que no ficciones)



Hacía tiempo que habíamos quedado pero se retrasaba. Ambas sabíamos que si ella no llegabayo no me atrevería a escribir ciertas cosas. Ella era el escudo que me hacía falta. Ella era mucho más fuerte que yo.

Mientras esperaba, Valentine insinuó que ella también estaba allí para mí, que también era fuerte. Desde luego Val era fuerte, pero su fuerza era diferente. Y ella siempre había sido demasiado sentimental. No, eso nos quemaría a las dos.
Necesitaba a Vio.

Mientras imaginaba el disfraz que me pondría, mucho menos real que el que usaba ahora, me veía a mi misma cargando con miles de palabras malsonantes y algún que otro cabreo añadido. Cosas del sentimiento, que se dicen. Tú. Tú. Tú. O el otro, qué más da.

- Perdón, llego tarde.

Al final Violent Carson llegó. Al final Violent Carson llegó sonriente, como siempre. Respirarla a ella era como respirar vida.

Nunca habíamos sido mucho de caminar juntas, mi resistencia era mucho menor y me solía cansar pronto. Noquería tener que recurrir a broncodilatadores por escribir un par de palabras. Nos lo tomaríamos con calma.

- ¿Estás preparada?

¿Que si estaba preparada para dejar de sufrir? Pues claro. ¿Que si estaba preparada para dejar el masoquismo sentimental y comenzar a respirar la ironía más blanca y el humor más negro? Pues claro... que no. Si bien no soy de tonos grises, tampoco creo que sea sano tachar el azul y vestir el violent. No. Tendría que haber otra solución. ¿Cuál? Ni idea.

O... espera. Quizá... Desde luego era una locura. Pero si llegase a funcionar, funcionaría. A fin de cuentas, éramos la misma, ¿no?

- Y si...

Hablé con ambas y hablé conmigo. Menuda trinidad estábamos hechas. A Val la idea la entusiamó a Vio.... no tanto. Era visto. Lo de fusionar mentes y corazones y sentimientos y suspiros era complicado. Y más, siendo yo. Y más, tras la previa fragmentación. Por eso lo había hecho, para escudarme en otros nombres y que otros imaginasen otro rostro para mí. Para intentar escribir sin importar lo que pensasen o las conclusiones que sacasen de mis escritosPero, pese a tener muchos nombres, nunca me había atrevido del todo.

- Y para no atreverme prefiero estar entera. Más cuerda o más viento, como prefieras decirlo. Menos loca o menos sentimiento, es lo mismo. La simplicidad no es lo mío.




{ Las acuarelas manchan }

jueves, 25 de octubre de 2012

Echar de menos II



Creo que en demasiadas ocasiones he escrito sobre echar de menos. Sentir que algo no está bien cuando alguien no está. Sentir que estás perdido cuando lo que necesitas está lejos.
Y, pese a lo que podría parecer, hablaba sobre el deseo.
El deseo de echar de menos.

Firmaba como Princess of Cydonia y me creía la Emperatriz Infantil de Fantasía. Hablaba sobre libros, cafés y otoños que añoraba. Y añoraba hablar sobre ti.

Ahora,
todo es complicado.

Ahora echo de menos no echar de menos.
Era más sencillo.

Ahora...
es complicado.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Relaciones



Relaciones.
Tiendo a relacionar cosas con otras cosas. O personas con personas. O personas con cosas.

O, como este caso, personas con libros con personas. Lo que también se podría traducir por autores con personas.

No digo que sea lo más distintivo (literariamente hablando, claro) de cada uno.
No digo que conozca a las personas lo suficiente para que mi opinión importe.
Tampoco digo que sea el autor favorito de cada uno.

Muchas veces no soy capaz de hacerlo.
Muchas veces no puedo decidir.
Muchas veces sale solo.
(como el amor)
(¿no?)




Raquel podría ser tantos y tantos y, sin embargo para mí, sólo puede ser Stephen Edgar Allan King Poe* (qué pasa? No he dicho que no se puedan hacer.... arreglos!)(pero no haré más, de verdad). Con Arib me resulta un poco más fácil, ella es sin duda George R. R. Martin*. A pesar de los días, las semanas y los meses que hace que no sé mucho de Ma, ella combina perfectamente con Oliver Sacks. Jorge tiene que ser Neil Gaiman, la otra opción no es viable*. Seguramente no sea así, pero ahora mismo para mí David es Franz Kafka. Ark es total y absolutamente Paul Auster. Con Olaya me cuesta decidir, así que diré Carlos Ruiz Zafón*. Car es otra de las que podría ser mil y alguno más y, sin embargo, aquellas lágrimas la delatan y sólo puede ser José Saramago. M podría ser todos y cada uno y, sin embargo, es Jacq. P, por mucho que quiera ser Nietzsche, es Manfredi. Ali no puede ser otro más que Alejandro Jodorowsky y su madre, sin duda alguna, es Dominique Lapierre.

*Dudaba demasiado entre Stephen King y Edgar Allan Poe que no pude solucionarlo de ninguna forma mejor.*Aunque hace unos años habría dicho, sin lugar a dudas, Anne Rice. *La otra opción habría sido Michael Ende, pero no quiero compartirlo.*La alternativa de Charles Baudelaire está ahí pero ains, esa foto me resolvió dudas.


Yo supongo que sería .... es broma, no voy a decir lo que ronda por mi mente.



¿Tú qué opinas?
¿Quién crees que soy yo?



¿Tú (te) relacionas?


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